Hay un tipo particular de silencio que se produce en el momento antes de hablar. Un silencio que no calma los nervios ni estabiliza la respiración, sino que se aprieta alrededor del pecho como un agarre ingrávido, manteniéndote justo debajo de la superficie del idioma.
Tus pensamientos están ahí, intactos y listos, pero tu voz se queda atrás, buscando aún la fuerza que la impulse hacia adelante.
Ese espacio entre el pensamiento y el habla encierra una tensión difícil de nombrar. Una especie de quietud emocional en la que todo dentro de ti se siente alineado, pero las palabras siguen estando fuera de tu alcance.
Y en esa pausa, algo comienza a emerger desde abajo. No es una vacilación en el sentido tradicional, sino una confrontación tranquila con uno mismo.
Porque, para muchos profesionales hispanohablantes, hablar inglés va mucho más allá de las listas de vocabulario y la precisión gramatical; toca algo más profundo.
Se convierte en una prueba de encarnación, un momento en el que te preguntas si la persona que da un paso adelante, la que forma frases en un idioma que no es el tuyo, sigue llevando consigo la esencia de quién eres.
No la versión curada creada para obtener aprobación. No el intérprete entrenado para complacer. Sino el yo crudo y sin filtros que has pasado toda una vida moldeando a través de la experiencia, la resiliencia y la verdad.
No has llegado a este punto por casualidad.
La persona que eres hoy se ha forjado a lo largo de muchos años. Se ha formado a partir de decisiones tomadas bajo presión, de conversaciones que perduraron mucho tiempo después de haber terminado y de momentos que exigían algo más profundo que la habilidad técnica o la confianza superficial.
Esos momentos no exigían perfección. Lo que exigían era firmeza. La clase de firmeza que se mantiene bajo presión, la clase de firmeza que se mantiene firme cuando se requiere claridad. Y cada vez, entraste en la sala con una voz que no pretendía impresionar, sino conectar.
Has guiado a equipos a través de la incertidumbre y te has mantenido firme en conversaciones importantes, momentos en los que la complejidad no era algo que debiera evitarse, sino algo que debía tratarse con cuidado.
La confianza que te ganaste en esos espacios no provino solo del contenido de tus palabras, sino de la forma en que llegaron: firmes, en sintonía y sin lugar a dudas.
Había empatía entretejida en tu tono, seriedad en tu timing y una naturalidad en tu humor que hacía que la gente se sintiera segura en tu compañía.
No se trataba de tácticas tomadas de un manual de liderazgo. Eran expresiones de un yo construido a través de la experiencia, refinado con el tiempo y llevado adelante con intención.
Pero cuando el lenguaje cambia, algo sutil cambia con él.
No de una manera que otros puedan notar, no hay una pausa dramática, ni un desmoronamiento visible. Pero por dentro, es suficiente para sentir que una parte de ti se ha callado, como si el volumen de tu voz interior se hubiera bajado sin tu consentimiento.
Actúas con cautela, como si cada palabra llevara una carga a la que no estás acostumbrado. La formulación se vuelve más deliberada, el ritmo de tus ideas se ralentiza y la voz que antes se movía con facilidad y convicción empieza a resultarte desconocida. Como si se hubiera remodelado sutilmente para adaptarse a los contornos de un idioma que no conoce del todo tu historia.
No se trata del vocabulario. Conoces las palabras. Las has estudiado, las has pronunciado y has convivido con ellas el tiempo suficiente como para mantener una conversación. Pero el andamiaje emocional que sostiene tu identidad, el sentido instintivo de ti mismo que surge cuando hablas sin pensar, no se construyó en inglés.
Se construyó en el idioma de tu infancia, tu cultura, tu memoria emocional. Y cuando esa base se desplaza, aunque sea ligeramente, es suficiente para que tu voz se sienta como si estuviera pisando terreno ajeno.
Cada vez que hablas, nunca se trata solo de transmitir información, sino de una silenciosa negociación dentro de ti. Te preguntas si las palabras que eliges reflejarán tu competencia sin aplastar tu espontaneidad. Y preguntándote si ser comprendido te costará perder la esencia de quién eres.
Este acto de equilibrio, sutil, implacable y a menudo invisible para quienes te rodean, se repite día tras día. Y es esta tensión constante, más que cualquier error gramatical, lo que hace que hablar inglés resulte tan pesado. Porque el verdadero peso no está en el idioma en sí, sino en el esfuerzo constante que supone ser tú mismo cuando lo utilizas.
Esta tensión, entre la fluidez y la familiaridad, entre parecer competente y sentirse auténtico, rara vez se nombra, y mucho menos se explora.
Porque la mayoría de los consejos lingüísticos se obsesionan con el rendimiento: cómo sonar refinado, cómo evitar errores, cómo impresionar. Mientras ignoran silenciosamente la pregunta más profunda que todos llevamos dentro. Una incomodidad silenciosa y persistente que pregunta:
“¿Me verán?”
“¿Me oirán?”
No solo las palabras, sino a la persona que hay detrás de ellas.
Quieres entrar en la sala siendo tú mismo, con los pies en la tierra y con una presencia inequívoca.
Simplemente hablando desde el centro de quien eres, sin cambiar tu personalidad para adaptarte a la idea que otra persona tiene de la fluidez.
Y este anhelo, el de sentirte tú mismo cuando hablas, no es pedir demasiado. No es un privilegio reservado a los hablantes nativos o a los prodigios de los idiomas. Es la base de lo que la comunicación real debería ofrecer.
Así que si alguna vez te has escuchado a ti mismo hablando en inglés y has pensado:
Sueno competente, pero no sueno como yo.
Entonces aquí es donde comienza el verdadero trabajo.
No con ejercicios de gramática o ajustes de pronunciación. Sino con la pregunta que silenciosamente da forma a cada conversación:
Not with grammar drills or pronunciation tweaks. But with the question that quietly shapes every conversation:
¿Quién soy yo en este idioma y cómo puedo aportar más de mí mismo a él?
Esta no es una pregunta con una respuesta rápida. Pero darse cuenta de estos momentos de desconexión es el primer paso para hablar más plenamente como uno mismo.
El trabajo no consiste en la perfección, sino en la autenticidad y en la silenciosa satisfacción de sentir que te escuchan de verdad.
Gracias por leer este ensayo de la colección 'More Than Words'.
La semana que viene conoceremos a tu equipo interior: el controlador, el protector y el guía. Aprenderás a reconocerlos, a realinearlos y a hablar desde la parte de ti que más se parece a ti.
Si tienes curiosidad por saber cómo ayudo a los hispanohablantes a transformar la forma en que se sienten y se expresan en inglés, puedes obtener más información sobre mi trabajo y las formas en que podemos colaborar en mi sitio web.
También encontrarás una colección de recursos gratuitos, junto con acceso directo a mi podcast bilingüe, 'From Lost to the River', donde entrevisto a expertos en adquisición de idiomas, autores y otras voces fascinantes del mundo de la comunicación.
¡Que tengas un día maravilloso y un saludo!
Richard